Estudios alarmantes del mes de octubre sacan a la luz que un 6% de la población española de entre 16 a 29 años no estudian ni trabajan ni buscan empleo. Ello supone alrededor de 446.000 jóvenes que malviven cobrando el paro si han trabajado y han sido despedidos, o dependen exclusivamente de sus padres. Unos padres, por cierto, con los que tienen no pocos conflictos.
Se dice de ellos que son una generación maldita, perdida. No tienen esperanzas ni sueños: son los Ni-Ni. Ni estudian, ni trabajan, ni quieren hacerlo. Para ellos los días transcurren tranquilos y monótonos, uno igual que el otro. Pero, ¿qué puede llevar a una persona que está empezando a vivir a desarrollar tal desidia? ¿Cómo puede ser que no deseen aspirar a algo más que a ver el tiempo pasar?
Por mi parte, he de decir que los entiendo perfectamente.
Cuando el ideal de la Ilustración se hizo realidad, el mundo aparecía soleado y con un lejano horizonte. La modernidad decía a cada ser humano que su único límite era la propia imaginación, que podría ser lo que deseara en la vida. Los Derechos Humanos aportaban mayor transparencia y credibilidad incluso entre la clase política. Todo lo que ocurría apuntaba a la mejora de nuestro planeta.
Poco a poco este sueño se torno en pesadilla, sobre todo en los siglos XIX y XX. La explotación de los recursos se convirtió en un abuso. Los niños fueron esclavizados, si no en la teoría sí en la práctica, en beneficio de la industria creciente. Dos Guerras Mundiales asolaron los continentes y acentuaron mucho más las diferencias entre pobres y ricos. A ellas seguirían la Guerra Fría y el conflicto palestino-israelí.
En la actualidad la situación ha llegado a alcanzar cotas tenebrosas. Los políticos se corrompen en el mundo entero sin que ningún sistema haya podido garantizar la felicidad humana, esa gran promesa incumplida. La economía se derrumba ante nuestros ojos atónitos y los científicos le conceden unos escasos cincuenta años a este mundo.
¿Cómo hemos podido hacerlo tan mal? No es de extrañar que nuestras jóvenes generaciones no crean en el futuro. De hecho, muy poca gente lo hace. Las proclamas de mejora de los gobernantes suenan a camelo, y los avances científicos se presentan como inútiles. ¿Quién querría vivir cien años más en un planeta que está a punto de destruirse?
Por esa misma razón yo me declaro entre los que pertenecen a la generación Ni-Ni. Pero con ciertos matices, eso sí. En mi caso, no tiene que ver con estudiar o trabajar (ya que hago ambas cosas con alegría), sino con la confianza que pongo en lo que este mundo me ofrece. Ni creo en este mundo ni espero nada de él. Si la historia nos demuestra algo es que, precisamente, no debemos confiar en lo que el futuro nos depara.
Jesús dijo hace mucho tiempo: “Buscad primero el reino de Dios, y las demás cosas os serán añadidas.” Si deseamos prosperar en este mundo y que éste nos ofrezca algo realmente valioso, algo a lo que agarrarnos que realmente resista el paso de la historia, entonces merece la pena cumplir con la voluntad de Dios y buscarle primero a Él. Sus promesas se cumplen siempre, y a través de ellas alcanzaremos la paz en el presente y la esperanza en el futuro que nos son tan necesarias.
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