jueves, 16 de diciembre de 2010

EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LAS PLANTAS.

            Este mes de agosto me encontraba veraneando con mis tíos en la Costa Brava, cuando una conversación derivó hacia temas de naturaleza espiritual. Mi tía indicaba en que a veces ocurren cosas extrañas de difícil explicación. Pequeños milagros, vaya. Ella me señaló el nombre de alguien que consideraba un hombre insigne y que logró conseguir algo sorprendente. Me dijo: “Infórmate sobre Luther Burbank.”
            Al llegar a casa tras las vacaciones y poner mis cosas en orden, comencé a buscar datos sobre este personaje, y lo que encontré me empujó a una reflexión posterior que me gustaría compartir contigo. La historia de Luther Burbank es la historia de un hombre que hablaba con las plantas.
            Burbank nació en Lancaster, Massachusetts en el año 1849, y fue el decimotercero de quince hijos. Al fallecer su padre, cuando él tenía 23 años, heredó una pequeña fortuna que decidió invertir en el estudio de la botánica y la horticultura, hasta el punto de que, con el paso de los años, se convirtió en uno de los pioneros en las ciencias de la agricultura estadounidense.
            Hombre comprometido, Burbank deseaba desarrollar tipos de hortalizas y frutos que pudieran producirse en masa de forma económica, de modo que pudieran ser alimentadas las personas más hambrientas del planeta. A través de una labor de 55 años, y empujado por este sueño, llegó a producir más de 800 variedades de plantas, entre las que destacaron diversos tipos de duraznos, ciruelas, bayas y moras y, sobre todo, la patata Russet-Burbank. Ésta última es la patata que habitualmente se consume en la mayoría de los hogares y que sirvió para paliar la necesidad en diversos puntos del globo.
            Pero si por algo es famoso Burbank es porque a través de un complejo estudio, llegó a crear cactus sin espinas. Esta creación le hizo ganarse el apodo de “El Mago de la Horticultura.” Gracias a este descubrimiento, en la actualidad podemos gozar de muchas variedades de cactus decorativos inocuos y no por ello menos hermosos.
             Pero es que, además, Luther Burbank fue un hombre espiritual. En cierta ocasión, cercana la hora de su muerte, se le preguntó en una iglesia congregacionalista por qué había llevado a cabo tantos descubrimientos. Sus palabras fueron estas:
"Amo a la humanidad, que ha sido un constante fulgor para mí durante mis setentaisiete años de vida; y amo las flores, los árboles, los animales, y todas las obras de la naturaleza a través del tiempo y el espacio. Qué hermosa es la vida cuando se trabaja estrechamente con la obra de la naturaleza, ayudándola a producir para el beneficio de la humanidad, con nuevas formas, colores, y perfumes de flores que nunca antes se conociesen siquiera.”
            En otra ocasión, se le preguntó cómo había llegado a desarrollar tal labor. Burbank, insigne científico, sorprende por su frase llena de sinceridad y sencillez:
“El secreto para mejorar el cultivo de las plantas es, aparte del conocimiento científico, el amor. Mientras llevaba a cabo los experimentos con los cactus hablaba muchas veces con ellos para crear una vibración de amor recíproco. «No tenéis nada que temer», les murmuraba. «No necesitáis estas espinas defensivas. Yo voy a protegeros.»”
            Me fascina la figura de un hombre de ciencia arrodillado al lado de sus plantas y susurrándoles palabras de amor y afecto. Quizás nosotros podríamos aprender mucho de una actitud semejante.
            Hoy en día la gente vive atareada y preocupada. La inseguridad que deriva de la falta de recursos, de la delincuencia o del desempleo genera miedo. Y el miedo, eso lo sabemos todos, genera violencia. Por eso, los seres humanos nos protegemos con espinas, como los cactus, y pinchamos cuando nos sentimos atacados, o incluso antes. Pero, ¿y si fuera posible dejar de tener miedo?
            Juan, un discípulo de Jesucristo, escribió en la Biblia que el amor echa afuera el temor. Yo creo en esto firmemente. Si todos fuéramos capaces de tratarnos con respeto y dignidad, viendo en el otro a una persona tan merecedora de atención y de favores como yo mismo, el miedo desaparecería. No tendríamos que temer el contacto con los demás porque sólo esperaríamos cosas buenas de ellos.
            Hagamos en este planeta herido una cadena de amor, a través de la cual los humanos vayamos dejando caer nuestras espinas y nos convirtamos en seres bellos por dentro y por fuera, seres sin temores que sólo quieran compartir cosas buenas con los que les rodean. Comienza a partir de hoy. Yo ya lo estoy haciendo y soy más feliz.

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