Hace unos meses acudí al cine a ver la película El libro de Eli. Relataba la misión de un hombre al que Dios encomienda que preserve la última Biblia que ha sobrevivido a una hecatombe mundial, y cómo ese hombre debe hacer frente a la persecución de un líder malvado que desea hacerse con el libro para tiranizar una ciudad.
Ni que decir tiene que para un cristiano como yo, la premisa era atractiva y el resultado me dejó más que satisfecho. Por supuesto que no estaba de acuerdo con todo lo que se planteaba en el film, pero a rasgos generales estimo que el argumento dejaba de manifiesto cuál ha sido la raíz de muchos de los males que padecemos en la actualidad, y cómo un libro prodigioso puede ser utilizado con el más perverso de los fines.
Como buen cinéfilo que soy, tras el visionado de la película me conecté a Internet rápidamente para observar cuál había sido la valoración general de la película en diversos foros. Mi sorpresa fue mayúscula: la mayoría de los usuarios le daba una nota de suspenso o la aprobaba por los pelos. Por lo visto, su contenido era mucho más mediocre de lo que yo pensaba. O quizás ocurría alguna otra cosa.
Leyendo el contenido de las críticas cinematográficas llegué a entender por qué los usuarios puntuaban tan bajo El libro de Eli. Muchos de ellos lo reconocían abiertamente: porque era una película religiosa. No tenía tanto que ver con el argumento, el guión o las interpretaciones de los actores. Tampoco con los efectos especiales o la fotografía. El libro de Eli era una película mala porque trataba de manera descubierta conceptos cristianos.
Es curioso como nadie se escandaliza cuando aparecen elementos mágicos o fantásticos en un largometraje. Muchos de ellos tienen que ver también con la fe, la preocupación por el prójimo o la elección de una persona por una instancia superior para que cumpla con una misión importante. Todo ello es aceptado con naturalidad: ahí tenemos Matrix, Las Crónicas de Narnia o la saga de El Señor de los Anillos, por poner unos ejemplos. Pero cuando lo sobrenatural viene de Dios, el relato se convierte en basura.
Ciertamente, muchos líderes que se han llamado a sí mismos cristianos se han caracterizado por su intolerancia y falta de miras. Ahí tenemos la Inquisición o las guerras de religión como testigos sangrientos de tales errores humanos. No es de extrañar que, en un movimiento pendular, la sociedad avanzada haya dado la espalda a una religión entendida en tales términos.
Pero corremos el riesgo de cometer dos equivocaciones:
- Los actos de Dios no tienen nada que ver, en la mayoría de los casos, con los de los hombres (inclusive con los de aquellos que se pretenden hombres de Dios). La Biblia dice que los caminos de Dios son más altos que los caminos humanos. También expresa que podemos identificar a un auténtico cristiano por sus frutos. Alguien que se dice de Dios necesariamente llevará a cabo buenas acciones y tendrá buenos deseos.
- Nos hemos acostumbrado a que la cultura social nos arrastre hacia donde quiere. Se nos dice que Dios es malo y simplemente lo creemos. Pero quizás sería pertinente que antes lo comprobáramos por nosotros mismos.
No necesitamos criticar una película por lo que otros nos han dicho de su argumento. Igualmente, no necesitamos evaluar la sociedad por lo que otros nos quieren imponer. Hemos de desarrollarnos como librepensantes, con criterios propios alejados de la censura que unos imponen sobre la humanidad y otros sobre la religión. Porque cualquier tipo de censura, incluida la que se instaura de manera desapercibida en nuestra psique, es síntoma de opresión y retroceso.
En una existencia cotidiana, damos muchas oportunidades a los que nos rodean: a nuestros hijos, a nuestra pareja, padres, hermanos, amigos… Démosle también una oportunidad a Dios. Quizás Él es el Dios que dice ser y no el que otros dicen que es.
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