lunes, 13 de diciembre de 2010

LADY GAGA.

            Es la nueva reina del pop. Ha sido portada de la revista Rolling Stone, sus temas se encuentran siempre entre los más escuchados y puede permitirse innovar en estilo y vestuario en cada una de sus actuaciones. ¡Incluso le han diseñado un vestido hecho de carne! Lady Gaga es ahora “lo más”, sea lo que sea que quiera decir esa expresión. Y probablemente lo siga siendo por mucho tiempo.
            Gaga es una clara muestra de que una estrella puede surgir de la noche a la mañana, y sobre todo de que se puede congregar un número desmesurado de fans sin mucho esfuerzo. Que ella es producto de un marketing visceral pero muy bien medido no le cabe duda a nadie. Pero a pesar de ello, la gente sigue adorándola como si su estilo y forma de ser fueran propios y personales.
            Se da cada vez más el caso de que alabamos la actitud de personajes prefabricados, quizás por un deseo inconfesable anidado en todos los corazones humanos de alcanzar la fama algún día. De la misma manera que criticamos al ladrón de guante blanco, pero admiramos su sagacidad y capacidad para enriquecerse, reconocemos la banalidad de las celebrities actuales, pero las seguimos e imitamos sin disimulo allá donde vayan o estén.
            No sé qué hay de lamentable en nuestra vidas que deseamos siempre ser como los demás, y cuanto más extravagantes y ricos sean ellos, mejor. Es posible que no sepamos (o queramos) luchar por mejorar nuestras propias carencias. Sacar adelante una carrera universitaria, un matrimonio que se rompe o unos hijos rebeldes siempre será algo difícil. Pero erramos al considerar que para los demás es más fácil.
            Maddona debe afrontar dos matrimonios fracasados. La joven Miley Cyrus ha crecido tan deprisa que ha pasado de ser la angelical Hanna Montana a ser un diablillo provocador vestido de cuero en sus últimos videoclips. La propia Gaga ha sufrido mucho a causa de un noviazgo no superado y que, probablemente, la convirtió en lo que es ahora.
            Todos pasamos por malos momentos en la vida. El espejismo es considerar que detrás de todo ese glamour no existen miserias e infelicidad. Las infidelidades, adicciones e incluso suicidios se encuentran a la orden del día en el mundo del famoseo, pero revestidos de tal capa de purpurina que se nos hace complicado verlos. Pero no nos dejemos engañar, como se suele decir, “los ricos también lloran.”
            Salomón, el rey del que se dice fue el más sabio del mundo, nos invita a vivir humildemente, disfrutando de las cosas sencillas de la vida como son el trabajo, la pareja o la comida. Él, que lo había probado todo en su juventud y edad madura, se dio cuenta de que todo lo que tenía no era sino polvo (vanidad de vanidades), y que le habría sido mejor disfrutar de “la mujer que el Señor le dio, todos los días de su vida.”
            Cuando veamos a cualquiera de esas personas cuyo éxito envidiamos, no nos vendrá mal darnos cuenta de que, aunque disfruten de muchas más comodidades que la media de los ciudadanos y parezcan siempre risueños y felices, en muchas ocasiones sus rostros no serán sino las máscaras que esconden, en su vida pública, las mismas miserias que nosotros padecemos en la vida privada, e incluso más. Porque cuando uno aspira a tener más creyéndolo tener todo, sólo se puede enfrentar al vacío de su propia existencia.

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