Aparecía como un Mesías de ébano en los informativos. Representaba el cambio y el progreso de una manera desconocida durante muchos años, viniendo precedido de una fuerza discursiva y un carisma impropio de los tiempos que vivimos. Su lema, “Yes, we can”, fue coreado como una insignia de confianza en el ser humano. Para muchos entre los que me incluyo, que ganase las elecciones no hacía sino justicia al maltrato y la persecución que los negros han sufrido a lo largo de la historia en tantos y tantos países.
Con todo lo mencionado hasta aquí, no es raro que Barack Obama ganase las elecciones a la presidencia de los estados unidos el 4 de noviembre de 2008. En los Estados Unidos la gente se dejó llevar por un sentimiento de euforia. Para muchos se dejaba atrás una de las épocas más oscuras que había vivido el país para entrar en una era de luz, como en una nueva Ilustración. Como otro Renacimiento.
Hoy, dos años después de su victoria electoral, se ha descubierto que Obama no era el Salvador que esperábamos. A pesar de sus intentos de reforma económica, sanitaria y social, los cambios no se han producido, y los ciudadanos han castigado su gestión con una tremenda derrota en las elecciones legislativas que devuelve el poder de la Cámara de Representantes a los republicanos.
En un ejercicio de autocrítica, el presidente ha reconocido errores en su administración (algo, permíteme decir, que deberían aprender a hacer los políticos españoles), y ha afirmado que se verá un Obama distinto en los dos años que le restan de legislatura. Ha sido un fuego muy potente que se ha visto reducido a cenizas en menos tiempo del esperado.
Gran parte de nuestras horas las invertimos esperando que se produzcan cambios de valor en nuestra vida, en la sociedad, en el mundo en general. Son muchos los que se presentan con capacidades suficientes para producirlos, pero desgraciadamente la mayoría de ellos son globos hinchados que acaban estallando o desinflándose en poco tiempo. Con todas nuestras buenas intenciones, la humanidad no puede aspirar a un cambio perdurable si confía en sí misma.
Son muchos los que han quedado por el camino. Todos ellos nos prometían gloria y honores. En el mejor de los casos han acabado fracasando y retirándose humildemente. En el peor, nos han tiranizado y han abusado de nosotros. Al margen de sus mejores o peores intenciones, han demostrado que no podían cambiar las cosas, porque las cosas no dependían de ellos y porque no tenían suficiente poder para hacerlo.
Dios puede cambiar tu vida y la de aquellos que te rodean. Esta es una realidad difícil de aceptar, porque supone arrodillarte y hablar con Él. Decirle lo preocupado, impotente y necesitado que estás, y pedirle que cambie esa situación. Lo que más cuesta es intentarlo, pero una vez lo hagas por primera vez, verás qué fácil es hacerlo una segunda y una tercera. Recuerda que para Él no hay nada imposible y que puede hacer que las cosas, por muy complicadas que sean, cambien de verdad.