jueves, 30 de diciembre de 2010

POST OBAMA.

            Aparecía como un Mesías de ébano en los informativos. Representaba el cambio y el progreso de una manera desconocida durante muchos años, viniendo precedido de una fuerza discursiva y un carisma impropio de los tiempos que vivimos. Su lema, “Yes, we can”, fue coreado como una insignia de confianza en el ser humano. Para muchos entre los que me incluyo, que ganase las elecciones no hacía sino justicia al maltrato y la persecución que los negros han sufrido a lo largo de la historia en tantos y tantos países.
            Con todo lo mencionado hasta aquí, no es raro que Barack Obama ganase las elecciones a la presidencia de los estados unidos el 4 de noviembre de 2008. En los Estados Unidos la gente se dejó llevar por un sentimiento de euforia. Para muchos se dejaba atrás una de las épocas más oscuras que había vivido el país para entrar en una era de luz, como en una nueva Ilustración. Como otro Renacimiento.
            Hoy, dos años después de su victoria electoral, se ha descubierto que Obama no era el Salvador que esperábamos. A pesar de sus intentos de reforma económica, sanitaria y social, los cambios no se han producido, y los ciudadanos han castigado su gestión con una tremenda derrota en las elecciones legislativas que devuelve el poder de la Cámara de Representantes a los republicanos.
            En un ejercicio de autocrítica, el presidente ha reconocido errores en su administración (algo, permíteme decir, que deberían aprender a hacer los políticos españoles), y ha afirmado que se verá un Obama distinto en los dos años que le restan de legislatura. Ha sido un fuego muy potente que se ha visto reducido a cenizas en menos tiempo del esperado.
            Gran parte de nuestras horas las invertimos esperando que se produzcan cambios de valor en nuestra vida, en la sociedad, en el mundo en general. Son muchos los que se presentan con capacidades suficientes para producirlos, pero desgraciadamente la mayoría de ellos son globos hinchados que acaban estallando o desinflándose en poco tiempo. Con todas nuestras buenas intenciones, la humanidad no puede aspirar a un cambio perdurable si confía en sí misma.
            Son muchos los que han quedado por el camino. Todos ellos nos prometían gloria y honores. En el mejor de los casos han acabado fracasando y retirándose humildemente. En el peor, nos han tiranizado y han abusado de nosotros. Al margen de sus mejores o peores intenciones, han demostrado que no podían cambiar las cosas, porque las cosas no dependían de ellos y porque no tenían suficiente poder para hacerlo.
            Dios puede cambiar tu vida y la de aquellos que te rodean. Esta es una realidad difícil de aceptar, porque supone arrodillarte y hablar con Él. Decirle lo preocupado, impotente y necesitado que estás, y pedirle que cambie esa situación. Lo que más cuesta es intentarlo, pero una vez lo hagas por primera vez, verás qué fácil es hacerlo una segunda y una tercera. Recuerda que para Él no hay nada imposible y que puede hacer que las cosas, por muy complicadas que sean, cambien de verdad.

lunes, 27 de diciembre de 2010

LOOKING FOR PARADISE.

            Qué canción más hermosa. En serio.
            Es internacionalmente reconocido que Alejandro Sanz tiene una sensibilidad especial a la hora de componer sus canciones. Aunque pueda ser un artista algo limitado en lo vocal, esto es compensado con creces a través de sus letras intensas y su poesía. Quizás esta sea la razón por la cual sigue cosechando éxito tras éxito, incombustible, a lo largo de una carrera muy dilatada.   
            Looking for Paradise es uno de sus últimos hits. Uno de esos temas que te hacen emocionarte porque a lo meramente musical se suma un mensaje de esperanza, de búsqueda de la hermandad, del consuelo y la ayuda entre seres humanos. En él colabora además Alicia Keys, aportando esa voz dulce pero potente que le es tan característica.
            En cuanto escuché este tema, me di cuenta de que tenía que escribir algo sobre él. Aunque no soy una persona romántica en el sentido estricto del término, siempre he creído que las personas podemos avanzar hasta la comprensión mutua y el acercamiento. Y en definitiva, ¿no buscamos todos el crear un pequeño paraíso en esta tierra? ¿No lo hacemos a través de nuestras relaciones y nuestros sueños?
            En un momento histórico de cinismo e individualismo exacerbado, no está de más meditar en la importancia que unos tenemos sobre otros, en la diferencia que los demás pueden hacer en mí y yo en ellos. En que este mundo no es sino la suma de individualidades que nos enriquecen y ayudan. Sin duda que comprender y practicar esto puede hacernos encontrar el paraíso perdido objeto de nuestra búsqueda.
            Pero la maravilla surge cuando descubro que, además, puedo acceder a un paraíso real. Porque, aunque aquí consiga llevarme bien con todos, aprender de ellos y enseñarles, muy difícilmente estoy cualificado para acabar con todas las guerras, hambre, dolor y muerte. Afortunadamente para nosotros, hay alguien que sí puede.
            A punto de enfrentarse a la muerte, Jesucristo celebró una cena íntima con sus más allegados. Fue un encuentro privado entre trece personas, donde Jesús manifestó su alegría de que todos se encontraran juntos por última vez. Seguro que fue una velada llena de emociones enfrentadas, algo triste y pausada. Quizás por esa razón, el propio Cristo anunció algo sorprendente a sus discípulos.
            Les dijo que aunque se fuera dentro de poco, iba a prepararles un lugar en el que ellos pudieran estar cuando todo terminase, para que allí donde Él se encontrara en el futuro, ellos pudieran acompañarle. Esta es una invitación que se traslada a toda la humanidad; la de una vida que puede ser experimentada con esperanza, porque ni siquiera la muerte es el fin de nada, sino el principio.
            Comparto la visión de Alejandro Sanz y Alicia Keys. Todos buscamos un lugar mejor en este planeta, y sin duda que trabajando todos juntos y convirtiéndonos unos en la voz de otros, que están más necesitados, podremos hacer de él un lugar mejor. Pero creo aun más en las palabras de Jesús, que me ayudan a confrontar los momentos más difíciles con la certeza de hallar el auténtico paraíso que estoy buscando.

jueves, 23 de diciembre de 2010

NI-NI.

            Estudios alarmantes del mes de octubre sacan a la luz que un 6% de la población española de entre 16 a 29 años no estudian ni trabajan ni buscan empleo. Ello supone alrededor de 446.000 jóvenes que malviven cobrando el paro si han trabajado y han sido despedidos, o dependen exclusivamente de sus padres. Unos padres, por cierto, con los que tienen no pocos conflictos.
            Se dice de ellos que son una generación maldita, perdida. No tienen esperanzas ni sueños: son los Ni-Ni. Ni estudian, ni trabajan, ni quieren hacerlo. Para ellos los días transcurren tranquilos y monótonos, uno igual que el otro. Pero, ¿qué puede llevar a una persona que está empezando a vivir a desarrollar tal desidia? ¿Cómo puede ser que no deseen aspirar a algo más que a ver el tiempo pasar?
            Por mi parte, he de decir que los entiendo perfectamente.
            Cuando el ideal de la Ilustración se hizo realidad, el mundo aparecía soleado y con un lejano horizonte. La modernidad decía a cada ser humano que su único límite era la propia imaginación, que podría ser lo que deseara en la vida. Los Derechos Humanos aportaban mayor transparencia y credibilidad incluso entre la clase política. Todo lo que ocurría apuntaba a la mejora de nuestro planeta.
            Poco a poco este sueño se torno en pesadilla, sobre todo en los siglos XIX y XX. La explotación de los recursos se convirtió en un abuso. Los niños fueron esclavizados, si no en la teoría sí en la práctica, en beneficio de la industria creciente. Dos Guerras Mundiales asolaron los continentes y acentuaron mucho más las diferencias entre pobres y ricos. A ellas seguirían la Guerra Fría y el conflicto palestino-israelí.
            En la actualidad la situación ha llegado a alcanzar cotas tenebrosas. Los políticos se corrompen en el mundo entero sin que ningún sistema haya podido garantizar la felicidad humana, esa gran promesa incumplida. La economía se derrumba ante nuestros ojos atónitos y los científicos le conceden unos escasos cincuenta años a este mundo.
            ¿Cómo hemos podido hacerlo tan mal? No es de extrañar que nuestras jóvenes generaciones no crean en el futuro. De hecho, muy poca gente lo hace. Las proclamas de mejora de los gobernantes suenan a camelo, y los avances científicos se presentan como inútiles. ¿Quién querría vivir cien años más en un planeta que está a punto de destruirse?
            Por esa misma razón yo me declaro entre los que pertenecen a la generación Ni-Ni. Pero con ciertos matices, eso sí.  En mi caso, no tiene que ver con estudiar o trabajar (ya que hago ambas cosas con alegría), sino con la confianza que pongo en lo que este mundo me ofrece. Ni creo en este mundo ni espero nada de él. Si la historia nos demuestra algo es que, precisamente, no debemos confiar en lo que el futuro nos depara.
            Jesús dijo hace mucho tiempo: “Buscad primero el reino de Dios, y las demás cosas os serán añadidas.” Si deseamos prosperar en este mundo y que éste nos ofrezca algo realmente valioso, algo a lo que agarrarnos que realmente resista el paso de la historia, entonces merece la pena cumplir con la voluntad de Dios y buscarle primero a Él. Sus promesas se cumplen siempre, y a través de ellas alcanzaremos la paz en el presente y la esperanza en el futuro que nos son tan necesarias.

lunes, 20 de diciembre de 2010

¿SABÍAS QUE ESPAÑA GANÓ EL MUNDIAL?

            El 11 de julio de 2010 fue un día que la mayoría de españoles consideraremos como inolvidable. Tras un partido de infarto y plagado de irregularidades, nuestra selección obtenía su primera Copa del Mundo frente a Holanda. El gol de Iniesta nos hizo levantarnos a todos de nuestros asientos gritando, llorando, riendo. Se ha dicho que en pocas ocasiones España ha estado tan unida.
            Hoy ya hace varios meses que ese emocionante partido  terminó, y con él se han ido muchas más cosas al margen de la ilusión de toda una nación. Durante treinta días todo el planeta vibró con el Mundial de fútbol, uno de los acontecimientos deportivos más esperados, pero al finalizar éste volvimos a la oscura realidad. Porque sí, nuestra vida ha continuado siendo la misma.
            La particularidad de este tipo de eventos deportivos es que permiten que desconectemos de nuestros problemas, por lo que el golpe es sin duda mayor cuando despertamos. Poco después de que Iker Casillas levantara la Copa, descubrí que España seguía en crisis, que en Haití las epidemias diezman a una población, que el continente africano muere de hambre… En fin, un largo y triste etcétera.
            Creo que el hombre y la mujer postmodernos hemos convertido nuestros corazones en pedazos duros de piedra. Nos emocionamos cuando nuestros deportistas triunfan, cuando nuestros actores ganan un óscar o cuando nuestro personaje preferido de una novela muere, pero somos incapaces ya de empatizar con el sufrimiento humano real, aun con el nuestro propio.
Es más fácil desconectar de mis propias miserias que darme cuenta de lo necesitado que estoy. Haciéndolo, también me incomunico del mundo que me rodea. Jesús de Nazaret dijo que siempre habría pobres en el mundo, y nos invitó a hacer todo lo que estuviera en nuestra mano para superar la injusticia. Nosotros tenemos responsabilidades respecto a ella.
Por eso, la pregunta inicial quizás esté mal planteada. Déjame que la haga de nuevo. ¿Sabías que aunque España ganó el Mundial, sigue habiendo problemas en este mundo? Luchando juntos por este planeta, puede que hagamos de él un mundo mejor. Uno en el que merezca aun más la pena cantar un buen gol.

jueves, 16 de diciembre de 2010

EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LAS PLANTAS.

            Este mes de agosto me encontraba veraneando con mis tíos en la Costa Brava, cuando una conversación derivó hacia temas de naturaleza espiritual. Mi tía indicaba en que a veces ocurren cosas extrañas de difícil explicación. Pequeños milagros, vaya. Ella me señaló el nombre de alguien que consideraba un hombre insigne y que logró conseguir algo sorprendente. Me dijo: “Infórmate sobre Luther Burbank.”
            Al llegar a casa tras las vacaciones y poner mis cosas en orden, comencé a buscar datos sobre este personaje, y lo que encontré me empujó a una reflexión posterior que me gustaría compartir contigo. La historia de Luther Burbank es la historia de un hombre que hablaba con las plantas.
            Burbank nació en Lancaster, Massachusetts en el año 1849, y fue el decimotercero de quince hijos. Al fallecer su padre, cuando él tenía 23 años, heredó una pequeña fortuna que decidió invertir en el estudio de la botánica y la horticultura, hasta el punto de que, con el paso de los años, se convirtió en uno de los pioneros en las ciencias de la agricultura estadounidense.
            Hombre comprometido, Burbank deseaba desarrollar tipos de hortalizas y frutos que pudieran producirse en masa de forma económica, de modo que pudieran ser alimentadas las personas más hambrientas del planeta. A través de una labor de 55 años, y empujado por este sueño, llegó a producir más de 800 variedades de plantas, entre las que destacaron diversos tipos de duraznos, ciruelas, bayas y moras y, sobre todo, la patata Russet-Burbank. Ésta última es la patata que habitualmente se consume en la mayoría de los hogares y que sirvió para paliar la necesidad en diversos puntos del globo.
            Pero si por algo es famoso Burbank es porque a través de un complejo estudio, llegó a crear cactus sin espinas. Esta creación le hizo ganarse el apodo de “El Mago de la Horticultura.” Gracias a este descubrimiento, en la actualidad podemos gozar de muchas variedades de cactus decorativos inocuos y no por ello menos hermosos.
             Pero es que, además, Luther Burbank fue un hombre espiritual. En cierta ocasión, cercana la hora de su muerte, se le preguntó en una iglesia congregacionalista por qué había llevado a cabo tantos descubrimientos. Sus palabras fueron estas:
"Amo a la humanidad, que ha sido un constante fulgor para mí durante mis setentaisiete años de vida; y amo las flores, los árboles, los animales, y todas las obras de la naturaleza a través del tiempo y el espacio. Qué hermosa es la vida cuando se trabaja estrechamente con la obra de la naturaleza, ayudándola a producir para el beneficio de la humanidad, con nuevas formas, colores, y perfumes de flores que nunca antes se conociesen siquiera.”
            En otra ocasión, se le preguntó cómo había llegado a desarrollar tal labor. Burbank, insigne científico, sorprende por su frase llena de sinceridad y sencillez:
“El secreto para mejorar el cultivo de las plantas es, aparte del conocimiento científico, el amor. Mientras llevaba a cabo los experimentos con los cactus hablaba muchas veces con ellos para crear una vibración de amor recíproco. «No tenéis nada que temer», les murmuraba. «No necesitáis estas espinas defensivas. Yo voy a protegeros.»”
            Me fascina la figura de un hombre de ciencia arrodillado al lado de sus plantas y susurrándoles palabras de amor y afecto. Quizás nosotros podríamos aprender mucho de una actitud semejante.
            Hoy en día la gente vive atareada y preocupada. La inseguridad que deriva de la falta de recursos, de la delincuencia o del desempleo genera miedo. Y el miedo, eso lo sabemos todos, genera violencia. Por eso, los seres humanos nos protegemos con espinas, como los cactus, y pinchamos cuando nos sentimos atacados, o incluso antes. Pero, ¿y si fuera posible dejar de tener miedo?
            Juan, un discípulo de Jesucristo, escribió en la Biblia que el amor echa afuera el temor. Yo creo en esto firmemente. Si todos fuéramos capaces de tratarnos con respeto y dignidad, viendo en el otro a una persona tan merecedora de atención y de favores como yo mismo, el miedo desaparecería. No tendríamos que temer el contacto con los demás porque sólo esperaríamos cosas buenas de ellos.
            Hagamos en este planeta herido una cadena de amor, a través de la cual los humanos vayamos dejando caer nuestras espinas y nos convirtamos en seres bellos por dentro y por fuera, seres sin temores que sólo quieran compartir cosas buenas con los que les rodean. Comienza a partir de hoy. Yo ya lo estoy haciendo y soy más feliz.

lunes, 13 de diciembre de 2010

LADY GAGA.

            Es la nueva reina del pop. Ha sido portada de la revista Rolling Stone, sus temas se encuentran siempre entre los más escuchados y puede permitirse innovar en estilo y vestuario en cada una de sus actuaciones. ¡Incluso le han diseñado un vestido hecho de carne! Lady Gaga es ahora “lo más”, sea lo que sea que quiera decir esa expresión. Y probablemente lo siga siendo por mucho tiempo.
            Gaga es una clara muestra de que una estrella puede surgir de la noche a la mañana, y sobre todo de que se puede congregar un número desmesurado de fans sin mucho esfuerzo. Que ella es producto de un marketing visceral pero muy bien medido no le cabe duda a nadie. Pero a pesar de ello, la gente sigue adorándola como si su estilo y forma de ser fueran propios y personales.
            Se da cada vez más el caso de que alabamos la actitud de personajes prefabricados, quizás por un deseo inconfesable anidado en todos los corazones humanos de alcanzar la fama algún día. De la misma manera que criticamos al ladrón de guante blanco, pero admiramos su sagacidad y capacidad para enriquecerse, reconocemos la banalidad de las celebrities actuales, pero las seguimos e imitamos sin disimulo allá donde vayan o estén.
            No sé qué hay de lamentable en nuestra vidas que deseamos siempre ser como los demás, y cuanto más extravagantes y ricos sean ellos, mejor. Es posible que no sepamos (o queramos) luchar por mejorar nuestras propias carencias. Sacar adelante una carrera universitaria, un matrimonio que se rompe o unos hijos rebeldes siempre será algo difícil. Pero erramos al considerar que para los demás es más fácil.
            Maddona debe afrontar dos matrimonios fracasados. La joven Miley Cyrus ha crecido tan deprisa que ha pasado de ser la angelical Hanna Montana a ser un diablillo provocador vestido de cuero en sus últimos videoclips. La propia Gaga ha sufrido mucho a causa de un noviazgo no superado y que, probablemente, la convirtió en lo que es ahora.
            Todos pasamos por malos momentos en la vida. El espejismo es considerar que detrás de todo ese glamour no existen miserias e infelicidad. Las infidelidades, adicciones e incluso suicidios se encuentran a la orden del día en el mundo del famoseo, pero revestidos de tal capa de purpurina que se nos hace complicado verlos. Pero no nos dejemos engañar, como se suele decir, “los ricos también lloran.”
            Salomón, el rey del que se dice fue el más sabio del mundo, nos invita a vivir humildemente, disfrutando de las cosas sencillas de la vida como son el trabajo, la pareja o la comida. Él, que lo había probado todo en su juventud y edad madura, se dio cuenta de que todo lo que tenía no era sino polvo (vanidad de vanidades), y que le habría sido mejor disfrutar de “la mujer que el Señor le dio, todos los días de su vida.”
            Cuando veamos a cualquiera de esas personas cuyo éxito envidiamos, no nos vendrá mal darnos cuenta de que, aunque disfruten de muchas más comodidades que la media de los ciudadanos y parezcan siempre risueños y felices, en muchas ocasiones sus rostros no serán sino las máscaras que esconden, en su vida pública, las mismas miserias que nosotros padecemos en la vida privada, e incluso más. Porque cuando uno aspira a tener más creyéndolo tener todo, sólo se puede enfrentar al vacío de su propia existencia.

viernes, 10 de diciembre de 2010

TODO ES MENTIRA.

            Seguro que en más de una ocasión te has descubierto pronunciando estas palabras, e incluso haciéndolo con desdén y desilusión. Yo comparto contigo esta visión de las cosas. Todo es mentira, sí señor. Y mucho además.
            Hubo un tiempo en el que la prensa se encargaba de desvelar la verdad y de luchar por los ideales de la sociedad. Se le llamaba el Cuarto Poder porque estaba en su mano el cambiar las mentalidades y hacer que el ciudadano entrase en razón respecto de todo aquello que le rodeaba. Y de esto, aunque nos parezca mentira, no hace tanto tiempo. La historia nos deja, por ejemplo, la experiencia del honesto periodista Edward R. Murrow, que en plena caza de brujas no temió sacrificar su vida profesional para hacer frente al desatado senador Joseph McCarthy.
            Pero los tiempos han cambiado, y de qué manera. Hoy en día acceder a un telediario supone necesariamente acceder también a una forma de pensamiento. Si eres liberal, te vendrá bien ver las noticias en Telecinco, y si lo eres mucho, en la Sexta. Si por el contrario tu talante es más conservador, Antena 3 es tu opción más adecuada. Y si tienes tendencias algo más extremadas, canales como Libertad Digital o Intereconomía sin duda te satisfarán. En cuanto a la prensa escrita, todos sabemos los intereses que representan El País, el ABC o la Razón, entre otros.
            Desgraciadamente, por el camino nos hemos dejado la objetividad. Considero que no es tan importante escuchar o leer lo que deseamos como escuchar o leer lo que realmente está sucediendo, sin manipulaciones ni intereses creados. En vez de ser simplemente informados, corremos el riesgo de ser manipulados y, en el peor de los casos, de ponernos unos en contra de los otros.
            Con todo, la mayoría de nosotros ya estamos sobre aviso. El hecho de que cada año la intención de voto sea inferior pone de manifiesto que somos conscientes de que no sólo se nos intenta manipular, sino de que además todas las opciones acaban siendo una única cosa: un grupillo de individuos que nos dicen estar trabajando por el bien común cuando en realidad lo hacen en beneficio propio. No te duela lo que voy a decirte, porque en el fondo es sólo una opinión personal: hoy en día derechas e izquierdas son una misma cosa. Porque todo es mentira.
            Lo bueno de este asunto es que está en la naturaleza del hombre la tendencia a buscar la verdad. E incluso a buscar la Verdad, con mayúsculas. Hace mucho tiempo que la encontré en la Biblia y, sobre todo, en la persona de Jesús, quien no sólo anduvo por el mundo haciendo el bien a quien lo necesitase, sino que además nunca se promocionó a sí mismo ni buscó fama o gloria.
            Yo creo en Él como la Verdad, y también como Dios. Ni que decir tiene que aun no lo conozco en toda su profundidad y sabiduría, pero disfruto intentándolo cada día. Huelga decir que en su vida y ejemplo jamás he encontrado una sola mentira. Si en esta vida todo es mentira, en Cristo todo es verdad. Te invito a descubrirlo por ti mismo. No te arrepentirás.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

CENSURA.

            Hace unos meses acudí al cine a ver la película El libro de Eli. Relataba la misión de un hombre al que Dios encomienda que preserve la última Biblia que ha sobrevivido a una hecatombe mundial, y cómo ese hombre debe hacer frente a la persecución de un líder malvado que desea hacerse con el libro para tiranizar una ciudad.
            Ni que decir tiene que para un cristiano como yo, la premisa era atractiva y el resultado me dejó más que satisfecho. Por supuesto que no estaba de acuerdo con todo lo que se planteaba en el film, pero a rasgos generales estimo que el argumento dejaba de manifiesto cuál ha sido la raíz de muchos de los males que padecemos en la actualidad, y cómo un libro prodigioso puede ser utilizado con el más perverso de los fines.
            Como buen cinéfilo que soy, tras el visionado de la película me conecté a Internet rápidamente para observar cuál había sido la valoración general de la película en diversos foros. Mi sorpresa fue mayúscula: la mayoría de los usuarios le daba una nota de suspenso o la aprobaba por los pelos. Por lo visto, su contenido era mucho más mediocre de lo que yo pensaba. O quizás ocurría alguna otra cosa.
            Leyendo el contenido de las críticas cinematográficas llegué a entender por qué los usuarios puntuaban tan bajo El libro de Eli. Muchos de ellos lo reconocían abiertamente: porque era una película religiosa. No tenía tanto que ver con el argumento, el guión o las interpretaciones de los actores. Tampoco con los efectos especiales o la fotografía. El libro de Eli era una película mala porque trataba de manera descubierta conceptos cristianos.
            Es curioso como nadie se escandaliza cuando aparecen elementos mágicos o fantásticos en un largometraje. Muchos de ellos tienen que ver también con la fe, la preocupación por el prójimo o la elección de una persona por una instancia superior para que cumpla con una misión importante. Todo ello es aceptado con naturalidad: ahí tenemos Matrix, Las Crónicas de Narnia o la saga de El Señor de los Anillos, por poner unos ejemplos. Pero cuando lo sobrenatural viene de Dios, el relato se convierte en basura.
            Ciertamente, muchos líderes que se han llamado a sí mismos cristianos se han caracterizado por su intolerancia y falta de miras. Ahí tenemos la Inquisición o las guerras de religión como testigos sangrientos de tales errores humanos. No es de extrañar que, en un movimiento pendular, la sociedad avanzada haya dado la espalda a una religión entendida en tales términos.
            Pero corremos el riesgo de cometer dos equivocaciones:
  • Los actos de Dios no tienen nada que ver, en la mayoría de los casos, con los de los hombres (inclusive con los de aquellos que se pretenden hombres de Dios). La Biblia dice que los caminos de Dios son más altos que los caminos humanos. También expresa que podemos identificar a un auténtico cristiano por sus frutos. Alguien que se dice de Dios necesariamente llevará a cabo buenas acciones y tendrá buenos deseos.
  • Nos hemos acostumbrado a que la cultura social nos arrastre hacia donde quiere. Se nos dice que Dios es malo y simplemente lo creemos. Pero quizás sería pertinente que antes lo comprobáramos por nosotros mismos.
No necesitamos criticar una película por lo que otros nos han dicho de su argumento. Igualmente, no necesitamos evaluar la sociedad por lo que otros nos quieren imponer. Hemos de desarrollarnos como librepensantes, con criterios propios alejados de la censura que unos imponen sobre la humanidad y otros sobre la religión. Porque cualquier tipo de censura, incluida la que se instaura de manera desapercibida en nuestra psique, es síntoma de opresión y retroceso.
En una existencia cotidiana, damos muchas oportunidades a los que nos rodean: a nuestros hijos, a nuestra pareja, padres, hermanos, amigos… Démosle también una oportunidad a Dios. Quizás Él es el Dios que dice ser y no el que otros dicen que es.