jueves, 6 de enero de 2011

HAY UN NAZI EN MI SALÓN.

            Sé honesto. Seguro que te has sorprendido en más de una ocasión gritándole al televisor. A mí me pasa a veces. Puede ser que le gritemos a causa de las injusticias que refleja en su pantalla, o porque el esférico se estrella en el larguero cuando parecía realmente que iba a puerta. Pero la mayoría de las veces nos enfadamos con la televisión por otras razones.
            Me avergüenza reconocer que en algunos momentos me he quejado frente al televisor a causa de los extranjeros. Es una espinita que parece que tenemos clavada: “Si es que han venido a quitarnos el trabajo”, o “Para delinquir, vete a tu país”, son algunas de las joyitas que podemos dirigirles. En la mayoría de los casos, esas quejas no tienen ningún tipo de fundamento.
            Estamos orgullosos de los beneficios de la globalización. Nos gusta podernos comunicar entre continentes como si estuviéramos en habitaciones contiguas o compartir noticias a lo largo del mundo. Sin embargo, nos quejamos de sus consecuencias colaterales sin asumir que unos conllevan las otras. Por supuesto, si hay más extranjeros en un país, ello supone que existirá una mayor probabilidad de que alguno de ellos delinca. Por no hablar del ámbito laboral.
            No obstante, estamos profundamente desinformados. Las prisiones están mayoritariamente ocupadas por nacionales aun hoy, como siempre ha ocurrido, mientras que los trabajos que venían desarrollando los inmigrantes eran en su mayoría aquellos que los propios españoles rechazábamos. Aunque la situación ha cambiado mucho a raíz de la crisis económica, cargar contra la inmigración no deja de ser la pataleta de un niño.
            El miedo a la inmigración es el miedo a lo desconocido, a lo extraño, y forma parte de nuestro acerbo cultural. No queremos convivir en paz y buscamos excusas para no hacerlo. No nos damos cuenta que detrás de cada extranjero hay una historia diferente, lágrimas derramadas y carcajadas emitidas. Son personas a menudo rotas y solitarias que buscan su hueco en un mundo que se les hace cuesta arriba.
            Curiosamente, estos problemas ya existían en la antigüedad, y todavía con mayor virulencia. Las iglesias de la época romana eran un reflejo de todo ello. Por esta razón, Pablo, uno de los más importantes cristianos y teólogos de la historia, aportó una solución al conflicto. El afirmaba que en Cristo no existe hombre ni mujer, griego ni judío, libre ni esclavo. Todos somos semejantes.
            Por una parte, esta vocación por la igualdad no tiene comparación en la época. Si los cristianos fueron perseguidos por Roma, ello se debió básicamente a dos razones; su negativa a adorar al emperador romano y su especial visión acerca de la paridad de todos los seres humanos. Por otra parte, la aparición de un avance semejante en un momento tan tardío de la historia nos dice que la Biblia es un texto que, al menos, busca la justicia en las relaciones humanas. Un texto que merece ser estudiado con atención.
            Con todo, esta meta no podrá ser alcanzada si no avanzamos hacia un elemento unitario: el propio Jesús. Seas o no creyente, la aceptación de esta doctrina cristiana, que surge en un momento en que los hombres eran separados por sexos, castas o razas, no puede sino ser positiva en tu vida. Y es que nos ayuda a eliminar prejuicios para adoptar una visión mucho más sincera y amplia de la situación que vivimos en la actualidad.
            Lo lamentable de todo este asunto, es que hay veces que se me cuela un nazi en el salón de casa. Es un nazi pequeño que vive en el interior de todos nosotros al que le gusta hablar sin criterio ni formación. Me entristece darme cuenta de que ese nazi soy yo mismo.

lunes, 3 de enero de 2011

LA FAMILIA SUPERMAN.

            Superman es el modelo de todo lo que los hombres y mujeres queremos llegar a alcanzar: un ser de bondad absoluta y poder absoluto que, lejos de corromperse, utiliza sus habilidades para eliminar la maldad y establecer un sueño (en este caso el americano, pero podría ser cualquier otro). Superman es símbolo de superación personal, de lucha contra el mal y de mejora del planeta.
            Una vez hubo un Superman en la ficción. Algunos otros lo habían sido antes que él, pero ninguno ha quedado grabado en nuestras retinas, probablemente, como Christopher Reeve. Ese hombretón de casi dos metros, pelo negro y profunda mirada azul se convirtió durante cuatro películas en el superhéroe preferido de miles de niños pequeños y grandes.
            Se dice que la figura de Superman conlleva algún tipo de maldición para aquellos que la interpretan. George Reeves, que interpretara al personaje en la década de los cincuenta acabó suicidándose. Brandon Routh, protagonista de su última encarnación cinematográfica ha sido apartado al ostracismo profesional más absoluto. Incluso Margot Kidder, que fue la dicharachera Lois Lane en cuatro ocasiones, ha sufrido de desordenes psicológicos que la retiraron durante mucho tiempo del mundo de la interpretación.
            Pero el caso más conocido, y probablemente también el más triste, fue el de Christopher Reeve. El 22 de mayo de 1995 su vida cambiaría drásticamente cuando sufrió un accidente de equitación en Culpepper, Virginia, fracturándose las dos primeras vértebras cervicales y quedando tetrapléjico de por vida. Sólo pudo recuperar la movilidad limitada de los dedos de la mano izquierda.

            Reeve se planteó el suicidio ante dicha situación, pero el apoyo de su esposa, Dana Reeve, le llevó a descartar esa posibilidad. Como efecto, comenzó a desarrollar numerosas colaboraciones con la Unesco en causas semejantes a la suya. También se convirtió en un firme apoyo a favor de los atletas paraolímpicos y de los niños discapacitados, muchos de los cuales visitó antes de su muerte. Creó igualmente la “Christopher and Dana Reeve Paralysis Foundation” a favor de la lucha contra la tetraplejia y otras disfunciones.

            En estos años difíciles Reeve luchó a favor de los derechos de otros, oponiéndose abiertamente a la dictadura de Pinochet en Chile y formándose como un orador respetado. En colaboración con la Universidad de California, desarrolló el “Centro de Investigación Reeve-Irving”, que en la actualidad ha encontrado la cura para lesiones medulares en ratones.

            Christopher Reeve falleció el 10 de octubre de 2004. Su lucha contra la adversidad había sido ejemplar. Pero pronto lo sería también la de su esposa, Dana Reeve. Ella, que había sido un apoyo constante y silencioso para su marido, y que llegó a renunciar a su trabajo como actriz para estar con él, contrajo poco después un cáncer de pulmón, aunque nunca había sido fumadora.

            A pesar de los duros momentos, Dana se mostró tan risueña como en ella era habitual y trabajó el tiempo que le restaba de vida, a favor de las mismas causas que su difunto marido había luchado, tomándole a él como ejemplo. La agresividad del cáncer, sin embargo, pronto pudo con ella, y falleció el 6 de marzo de 2006. No se había cumplido un año y medio desde que muriera su esposo.

            Esta es una historia dura y triste. Un matrimonio malogrado por la enfermedad y la muerte a una edad bien temprana. Y a pesar de ello, qué gran muestra de fuerza y valor nos deja. Seres humanos padeciendo una gran necesidad que desean volcar sus últimos momentos a favor de otros, tan necesitados o más que ellos mismos. Sin duda, tuvieron una vida ejemplar y única.

            El ejemplo de esta pareja, se ha dejado ver hace muy poco en la figura del hijo de ambos, Will Reeve. Éste, que tiene en la actualidad 17 años, fue criado por unos vecinos y amigos por expreso deseo de su madre, y ha querido resaltar la parte positiva de esta terrible experiencia haciendo hincapié en los recuerdos felices que tiene de sus padres, entre los que destaca cómo le enseñaron a tener una vida normal y le obligaron a comer brócoli y a hacer los deberes. Añade a ello el conocimiento de saberse quien es hoy en día gracias a los esfuerzos heroicos que sus padres hicieron por él.

            Y heroico es quizás el término que estoy buscando para describir a esta familia. No puedo añadir ninguna moraleja a esta historia, porque el valor de sus protagonistas habla por sí mismo. En realidad, Superman no existe. Tampoco existen los superhéroes Pero si lo hicieran, seguro que Christopher, Dana, Will y todos los que se encuentran en situaciones semejantes a éstos, se contarían entre ellos.

jueves, 30 de diciembre de 2010

POST OBAMA.

            Aparecía como un Mesías de ébano en los informativos. Representaba el cambio y el progreso de una manera desconocida durante muchos años, viniendo precedido de una fuerza discursiva y un carisma impropio de los tiempos que vivimos. Su lema, “Yes, we can”, fue coreado como una insignia de confianza en el ser humano. Para muchos entre los que me incluyo, que ganase las elecciones no hacía sino justicia al maltrato y la persecución que los negros han sufrido a lo largo de la historia en tantos y tantos países.
            Con todo lo mencionado hasta aquí, no es raro que Barack Obama ganase las elecciones a la presidencia de los estados unidos el 4 de noviembre de 2008. En los Estados Unidos la gente se dejó llevar por un sentimiento de euforia. Para muchos se dejaba atrás una de las épocas más oscuras que había vivido el país para entrar en una era de luz, como en una nueva Ilustración. Como otro Renacimiento.
            Hoy, dos años después de su victoria electoral, se ha descubierto que Obama no era el Salvador que esperábamos. A pesar de sus intentos de reforma económica, sanitaria y social, los cambios no se han producido, y los ciudadanos han castigado su gestión con una tremenda derrota en las elecciones legislativas que devuelve el poder de la Cámara de Representantes a los republicanos.
            En un ejercicio de autocrítica, el presidente ha reconocido errores en su administración (algo, permíteme decir, que deberían aprender a hacer los políticos españoles), y ha afirmado que se verá un Obama distinto en los dos años que le restan de legislatura. Ha sido un fuego muy potente que se ha visto reducido a cenizas en menos tiempo del esperado.
            Gran parte de nuestras horas las invertimos esperando que se produzcan cambios de valor en nuestra vida, en la sociedad, en el mundo en general. Son muchos los que se presentan con capacidades suficientes para producirlos, pero desgraciadamente la mayoría de ellos son globos hinchados que acaban estallando o desinflándose en poco tiempo. Con todas nuestras buenas intenciones, la humanidad no puede aspirar a un cambio perdurable si confía en sí misma.
            Son muchos los que han quedado por el camino. Todos ellos nos prometían gloria y honores. En el mejor de los casos han acabado fracasando y retirándose humildemente. En el peor, nos han tiranizado y han abusado de nosotros. Al margen de sus mejores o peores intenciones, han demostrado que no podían cambiar las cosas, porque las cosas no dependían de ellos y porque no tenían suficiente poder para hacerlo.
            Dios puede cambiar tu vida y la de aquellos que te rodean. Esta es una realidad difícil de aceptar, porque supone arrodillarte y hablar con Él. Decirle lo preocupado, impotente y necesitado que estás, y pedirle que cambie esa situación. Lo que más cuesta es intentarlo, pero una vez lo hagas por primera vez, verás qué fácil es hacerlo una segunda y una tercera. Recuerda que para Él no hay nada imposible y que puede hacer que las cosas, por muy complicadas que sean, cambien de verdad.

lunes, 27 de diciembre de 2010

LOOKING FOR PARADISE.

            Qué canción más hermosa. En serio.
            Es internacionalmente reconocido que Alejandro Sanz tiene una sensibilidad especial a la hora de componer sus canciones. Aunque pueda ser un artista algo limitado en lo vocal, esto es compensado con creces a través de sus letras intensas y su poesía. Quizás esta sea la razón por la cual sigue cosechando éxito tras éxito, incombustible, a lo largo de una carrera muy dilatada.   
            Looking for Paradise es uno de sus últimos hits. Uno de esos temas que te hacen emocionarte porque a lo meramente musical se suma un mensaje de esperanza, de búsqueda de la hermandad, del consuelo y la ayuda entre seres humanos. En él colabora además Alicia Keys, aportando esa voz dulce pero potente que le es tan característica.
            En cuanto escuché este tema, me di cuenta de que tenía que escribir algo sobre él. Aunque no soy una persona romántica en el sentido estricto del término, siempre he creído que las personas podemos avanzar hasta la comprensión mutua y el acercamiento. Y en definitiva, ¿no buscamos todos el crear un pequeño paraíso en esta tierra? ¿No lo hacemos a través de nuestras relaciones y nuestros sueños?
            En un momento histórico de cinismo e individualismo exacerbado, no está de más meditar en la importancia que unos tenemos sobre otros, en la diferencia que los demás pueden hacer en mí y yo en ellos. En que este mundo no es sino la suma de individualidades que nos enriquecen y ayudan. Sin duda que comprender y practicar esto puede hacernos encontrar el paraíso perdido objeto de nuestra búsqueda.
            Pero la maravilla surge cuando descubro que, además, puedo acceder a un paraíso real. Porque, aunque aquí consiga llevarme bien con todos, aprender de ellos y enseñarles, muy difícilmente estoy cualificado para acabar con todas las guerras, hambre, dolor y muerte. Afortunadamente para nosotros, hay alguien que sí puede.
            A punto de enfrentarse a la muerte, Jesucristo celebró una cena íntima con sus más allegados. Fue un encuentro privado entre trece personas, donde Jesús manifestó su alegría de que todos se encontraran juntos por última vez. Seguro que fue una velada llena de emociones enfrentadas, algo triste y pausada. Quizás por esa razón, el propio Cristo anunció algo sorprendente a sus discípulos.
            Les dijo que aunque se fuera dentro de poco, iba a prepararles un lugar en el que ellos pudieran estar cuando todo terminase, para que allí donde Él se encontrara en el futuro, ellos pudieran acompañarle. Esta es una invitación que se traslada a toda la humanidad; la de una vida que puede ser experimentada con esperanza, porque ni siquiera la muerte es el fin de nada, sino el principio.
            Comparto la visión de Alejandro Sanz y Alicia Keys. Todos buscamos un lugar mejor en este planeta, y sin duda que trabajando todos juntos y convirtiéndonos unos en la voz de otros, que están más necesitados, podremos hacer de él un lugar mejor. Pero creo aun más en las palabras de Jesús, que me ayudan a confrontar los momentos más difíciles con la certeza de hallar el auténtico paraíso que estoy buscando.

jueves, 23 de diciembre de 2010

NI-NI.

            Estudios alarmantes del mes de octubre sacan a la luz que un 6% de la población española de entre 16 a 29 años no estudian ni trabajan ni buscan empleo. Ello supone alrededor de 446.000 jóvenes que malviven cobrando el paro si han trabajado y han sido despedidos, o dependen exclusivamente de sus padres. Unos padres, por cierto, con los que tienen no pocos conflictos.
            Se dice de ellos que son una generación maldita, perdida. No tienen esperanzas ni sueños: son los Ni-Ni. Ni estudian, ni trabajan, ni quieren hacerlo. Para ellos los días transcurren tranquilos y monótonos, uno igual que el otro. Pero, ¿qué puede llevar a una persona que está empezando a vivir a desarrollar tal desidia? ¿Cómo puede ser que no deseen aspirar a algo más que a ver el tiempo pasar?
            Por mi parte, he de decir que los entiendo perfectamente.
            Cuando el ideal de la Ilustración se hizo realidad, el mundo aparecía soleado y con un lejano horizonte. La modernidad decía a cada ser humano que su único límite era la propia imaginación, que podría ser lo que deseara en la vida. Los Derechos Humanos aportaban mayor transparencia y credibilidad incluso entre la clase política. Todo lo que ocurría apuntaba a la mejora de nuestro planeta.
            Poco a poco este sueño se torno en pesadilla, sobre todo en los siglos XIX y XX. La explotación de los recursos se convirtió en un abuso. Los niños fueron esclavizados, si no en la teoría sí en la práctica, en beneficio de la industria creciente. Dos Guerras Mundiales asolaron los continentes y acentuaron mucho más las diferencias entre pobres y ricos. A ellas seguirían la Guerra Fría y el conflicto palestino-israelí.
            En la actualidad la situación ha llegado a alcanzar cotas tenebrosas. Los políticos se corrompen en el mundo entero sin que ningún sistema haya podido garantizar la felicidad humana, esa gran promesa incumplida. La economía se derrumba ante nuestros ojos atónitos y los científicos le conceden unos escasos cincuenta años a este mundo.
            ¿Cómo hemos podido hacerlo tan mal? No es de extrañar que nuestras jóvenes generaciones no crean en el futuro. De hecho, muy poca gente lo hace. Las proclamas de mejora de los gobernantes suenan a camelo, y los avances científicos se presentan como inútiles. ¿Quién querría vivir cien años más en un planeta que está a punto de destruirse?
            Por esa misma razón yo me declaro entre los que pertenecen a la generación Ni-Ni. Pero con ciertos matices, eso sí.  En mi caso, no tiene que ver con estudiar o trabajar (ya que hago ambas cosas con alegría), sino con la confianza que pongo en lo que este mundo me ofrece. Ni creo en este mundo ni espero nada de él. Si la historia nos demuestra algo es que, precisamente, no debemos confiar en lo que el futuro nos depara.
            Jesús dijo hace mucho tiempo: “Buscad primero el reino de Dios, y las demás cosas os serán añadidas.” Si deseamos prosperar en este mundo y que éste nos ofrezca algo realmente valioso, algo a lo que agarrarnos que realmente resista el paso de la historia, entonces merece la pena cumplir con la voluntad de Dios y buscarle primero a Él. Sus promesas se cumplen siempre, y a través de ellas alcanzaremos la paz en el presente y la esperanza en el futuro que nos son tan necesarias.

lunes, 20 de diciembre de 2010

¿SABÍAS QUE ESPAÑA GANÓ EL MUNDIAL?

            El 11 de julio de 2010 fue un día que la mayoría de españoles consideraremos como inolvidable. Tras un partido de infarto y plagado de irregularidades, nuestra selección obtenía su primera Copa del Mundo frente a Holanda. El gol de Iniesta nos hizo levantarnos a todos de nuestros asientos gritando, llorando, riendo. Se ha dicho que en pocas ocasiones España ha estado tan unida.
            Hoy ya hace varios meses que ese emocionante partido  terminó, y con él se han ido muchas más cosas al margen de la ilusión de toda una nación. Durante treinta días todo el planeta vibró con el Mundial de fútbol, uno de los acontecimientos deportivos más esperados, pero al finalizar éste volvimos a la oscura realidad. Porque sí, nuestra vida ha continuado siendo la misma.
            La particularidad de este tipo de eventos deportivos es que permiten que desconectemos de nuestros problemas, por lo que el golpe es sin duda mayor cuando despertamos. Poco después de que Iker Casillas levantara la Copa, descubrí que España seguía en crisis, que en Haití las epidemias diezman a una población, que el continente africano muere de hambre… En fin, un largo y triste etcétera.
            Creo que el hombre y la mujer postmodernos hemos convertido nuestros corazones en pedazos duros de piedra. Nos emocionamos cuando nuestros deportistas triunfan, cuando nuestros actores ganan un óscar o cuando nuestro personaje preferido de una novela muere, pero somos incapaces ya de empatizar con el sufrimiento humano real, aun con el nuestro propio.
Es más fácil desconectar de mis propias miserias que darme cuenta de lo necesitado que estoy. Haciéndolo, también me incomunico del mundo que me rodea. Jesús de Nazaret dijo que siempre habría pobres en el mundo, y nos invitó a hacer todo lo que estuviera en nuestra mano para superar la injusticia. Nosotros tenemos responsabilidades respecto a ella.
Por eso, la pregunta inicial quizás esté mal planteada. Déjame que la haga de nuevo. ¿Sabías que aunque España ganó el Mundial, sigue habiendo problemas en este mundo? Luchando juntos por este planeta, puede que hagamos de él un mundo mejor. Uno en el que merezca aun más la pena cantar un buen gol.

jueves, 16 de diciembre de 2010

EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LAS PLANTAS.

            Este mes de agosto me encontraba veraneando con mis tíos en la Costa Brava, cuando una conversación derivó hacia temas de naturaleza espiritual. Mi tía indicaba en que a veces ocurren cosas extrañas de difícil explicación. Pequeños milagros, vaya. Ella me señaló el nombre de alguien que consideraba un hombre insigne y que logró conseguir algo sorprendente. Me dijo: “Infórmate sobre Luther Burbank.”
            Al llegar a casa tras las vacaciones y poner mis cosas en orden, comencé a buscar datos sobre este personaje, y lo que encontré me empujó a una reflexión posterior que me gustaría compartir contigo. La historia de Luther Burbank es la historia de un hombre que hablaba con las plantas.
            Burbank nació en Lancaster, Massachusetts en el año 1849, y fue el decimotercero de quince hijos. Al fallecer su padre, cuando él tenía 23 años, heredó una pequeña fortuna que decidió invertir en el estudio de la botánica y la horticultura, hasta el punto de que, con el paso de los años, se convirtió en uno de los pioneros en las ciencias de la agricultura estadounidense.
            Hombre comprometido, Burbank deseaba desarrollar tipos de hortalizas y frutos que pudieran producirse en masa de forma económica, de modo que pudieran ser alimentadas las personas más hambrientas del planeta. A través de una labor de 55 años, y empujado por este sueño, llegó a producir más de 800 variedades de plantas, entre las que destacaron diversos tipos de duraznos, ciruelas, bayas y moras y, sobre todo, la patata Russet-Burbank. Ésta última es la patata que habitualmente se consume en la mayoría de los hogares y que sirvió para paliar la necesidad en diversos puntos del globo.
            Pero si por algo es famoso Burbank es porque a través de un complejo estudio, llegó a crear cactus sin espinas. Esta creación le hizo ganarse el apodo de “El Mago de la Horticultura.” Gracias a este descubrimiento, en la actualidad podemos gozar de muchas variedades de cactus decorativos inocuos y no por ello menos hermosos.
             Pero es que, además, Luther Burbank fue un hombre espiritual. En cierta ocasión, cercana la hora de su muerte, se le preguntó en una iglesia congregacionalista por qué había llevado a cabo tantos descubrimientos. Sus palabras fueron estas:
"Amo a la humanidad, que ha sido un constante fulgor para mí durante mis setentaisiete años de vida; y amo las flores, los árboles, los animales, y todas las obras de la naturaleza a través del tiempo y el espacio. Qué hermosa es la vida cuando se trabaja estrechamente con la obra de la naturaleza, ayudándola a producir para el beneficio de la humanidad, con nuevas formas, colores, y perfumes de flores que nunca antes se conociesen siquiera.”
            En otra ocasión, se le preguntó cómo había llegado a desarrollar tal labor. Burbank, insigne científico, sorprende por su frase llena de sinceridad y sencillez:
“El secreto para mejorar el cultivo de las plantas es, aparte del conocimiento científico, el amor. Mientras llevaba a cabo los experimentos con los cactus hablaba muchas veces con ellos para crear una vibración de amor recíproco. «No tenéis nada que temer», les murmuraba. «No necesitáis estas espinas defensivas. Yo voy a protegeros.»”
            Me fascina la figura de un hombre de ciencia arrodillado al lado de sus plantas y susurrándoles palabras de amor y afecto. Quizás nosotros podríamos aprender mucho de una actitud semejante.
            Hoy en día la gente vive atareada y preocupada. La inseguridad que deriva de la falta de recursos, de la delincuencia o del desempleo genera miedo. Y el miedo, eso lo sabemos todos, genera violencia. Por eso, los seres humanos nos protegemos con espinas, como los cactus, y pinchamos cuando nos sentimos atacados, o incluso antes. Pero, ¿y si fuera posible dejar de tener miedo?
            Juan, un discípulo de Jesucristo, escribió en la Biblia que el amor echa afuera el temor. Yo creo en esto firmemente. Si todos fuéramos capaces de tratarnos con respeto y dignidad, viendo en el otro a una persona tan merecedora de atención y de favores como yo mismo, el miedo desaparecería. No tendríamos que temer el contacto con los demás porque sólo esperaríamos cosas buenas de ellos.
            Hagamos en este planeta herido una cadena de amor, a través de la cual los humanos vayamos dejando caer nuestras espinas y nos convirtamos en seres bellos por dentro y por fuera, seres sin temores que sólo quieran compartir cosas buenas con los que les rodean. Comienza a partir de hoy. Yo ya lo estoy haciendo y soy más feliz.