lunes, 3 de enero de 2011

LA FAMILIA SUPERMAN.

            Superman es el modelo de todo lo que los hombres y mujeres queremos llegar a alcanzar: un ser de bondad absoluta y poder absoluto que, lejos de corromperse, utiliza sus habilidades para eliminar la maldad y establecer un sueño (en este caso el americano, pero podría ser cualquier otro). Superman es símbolo de superación personal, de lucha contra el mal y de mejora del planeta.
            Una vez hubo un Superman en la ficción. Algunos otros lo habían sido antes que él, pero ninguno ha quedado grabado en nuestras retinas, probablemente, como Christopher Reeve. Ese hombretón de casi dos metros, pelo negro y profunda mirada azul se convirtió durante cuatro películas en el superhéroe preferido de miles de niños pequeños y grandes.
            Se dice que la figura de Superman conlleva algún tipo de maldición para aquellos que la interpretan. George Reeves, que interpretara al personaje en la década de los cincuenta acabó suicidándose. Brandon Routh, protagonista de su última encarnación cinematográfica ha sido apartado al ostracismo profesional más absoluto. Incluso Margot Kidder, que fue la dicharachera Lois Lane en cuatro ocasiones, ha sufrido de desordenes psicológicos que la retiraron durante mucho tiempo del mundo de la interpretación.
            Pero el caso más conocido, y probablemente también el más triste, fue el de Christopher Reeve. El 22 de mayo de 1995 su vida cambiaría drásticamente cuando sufrió un accidente de equitación en Culpepper, Virginia, fracturándose las dos primeras vértebras cervicales y quedando tetrapléjico de por vida. Sólo pudo recuperar la movilidad limitada de los dedos de la mano izquierda.

            Reeve se planteó el suicidio ante dicha situación, pero el apoyo de su esposa, Dana Reeve, le llevó a descartar esa posibilidad. Como efecto, comenzó a desarrollar numerosas colaboraciones con la Unesco en causas semejantes a la suya. También se convirtió en un firme apoyo a favor de los atletas paraolímpicos y de los niños discapacitados, muchos de los cuales visitó antes de su muerte. Creó igualmente la “Christopher and Dana Reeve Paralysis Foundation” a favor de la lucha contra la tetraplejia y otras disfunciones.

            En estos años difíciles Reeve luchó a favor de los derechos de otros, oponiéndose abiertamente a la dictadura de Pinochet en Chile y formándose como un orador respetado. En colaboración con la Universidad de California, desarrolló el “Centro de Investigación Reeve-Irving”, que en la actualidad ha encontrado la cura para lesiones medulares en ratones.

            Christopher Reeve falleció el 10 de octubre de 2004. Su lucha contra la adversidad había sido ejemplar. Pero pronto lo sería también la de su esposa, Dana Reeve. Ella, que había sido un apoyo constante y silencioso para su marido, y que llegó a renunciar a su trabajo como actriz para estar con él, contrajo poco después un cáncer de pulmón, aunque nunca había sido fumadora.

            A pesar de los duros momentos, Dana se mostró tan risueña como en ella era habitual y trabajó el tiempo que le restaba de vida, a favor de las mismas causas que su difunto marido había luchado, tomándole a él como ejemplo. La agresividad del cáncer, sin embargo, pronto pudo con ella, y falleció el 6 de marzo de 2006. No se había cumplido un año y medio desde que muriera su esposo.

            Esta es una historia dura y triste. Un matrimonio malogrado por la enfermedad y la muerte a una edad bien temprana. Y a pesar de ello, qué gran muestra de fuerza y valor nos deja. Seres humanos padeciendo una gran necesidad que desean volcar sus últimos momentos a favor de otros, tan necesitados o más que ellos mismos. Sin duda, tuvieron una vida ejemplar y única.

            El ejemplo de esta pareja, se ha dejado ver hace muy poco en la figura del hijo de ambos, Will Reeve. Éste, que tiene en la actualidad 17 años, fue criado por unos vecinos y amigos por expreso deseo de su madre, y ha querido resaltar la parte positiva de esta terrible experiencia haciendo hincapié en los recuerdos felices que tiene de sus padres, entre los que destaca cómo le enseñaron a tener una vida normal y le obligaron a comer brócoli y a hacer los deberes. Añade a ello el conocimiento de saberse quien es hoy en día gracias a los esfuerzos heroicos que sus padres hicieron por él.

            Y heroico es quizás el término que estoy buscando para describir a esta familia. No puedo añadir ninguna moraleja a esta historia, porque el valor de sus protagonistas habla por sí mismo. En realidad, Superman no existe. Tampoco existen los superhéroes Pero si lo hicieran, seguro que Christopher, Dana, Will y todos los que se encuentran en situaciones semejantes a éstos, se contarían entre ellos.

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