Sé honesto. Seguro que te has sorprendido en más de una ocasión gritándole al televisor. A mí me pasa a veces. Puede ser que le gritemos a causa de las injusticias que refleja en su pantalla, o porque el esférico se estrella en el larguero cuando parecía realmente que iba a puerta. Pero la mayoría de las veces nos enfadamos con la televisión por otras razones.
Me avergüenza reconocer que en algunos momentos me he quejado frente al televisor a causa de los extranjeros. Es una espinita que parece que tenemos clavada: “Si es que han venido a quitarnos el trabajo”, o “Para delinquir, vete a tu país”, son algunas de las joyitas que podemos dirigirles. En la mayoría de los casos, esas quejas no tienen ningún tipo de fundamento.
Estamos orgullosos de los beneficios de la globalización. Nos gusta podernos comunicar entre continentes como si estuviéramos en habitaciones contiguas o compartir noticias a lo largo del mundo. Sin embargo, nos quejamos de sus consecuencias colaterales sin asumir que unos conllevan las otras. Por supuesto, si hay más extranjeros en un país, ello supone que existirá una mayor probabilidad de que alguno de ellos delinca. Por no hablar del ámbito laboral.
No obstante, estamos profundamente desinformados. Las prisiones están mayoritariamente ocupadas por nacionales aun hoy, como siempre ha ocurrido, mientras que los trabajos que venían desarrollando los inmigrantes eran en su mayoría aquellos que los propios españoles rechazábamos. Aunque la situación ha cambiado mucho a raíz de la crisis económica, cargar contra la inmigración no deja de ser la pataleta de un niño.
El miedo a la inmigración es el miedo a lo desconocido, a lo extraño, y forma parte de nuestro acerbo cultural. No queremos convivir en paz y buscamos excusas para no hacerlo. No nos damos cuenta que detrás de cada extranjero hay una historia diferente, lágrimas derramadas y carcajadas emitidas. Son personas a menudo rotas y solitarias que buscan su hueco en un mundo que se les hace cuesta arriba.
Curiosamente, estos problemas ya existían en la antigüedad, y todavía con mayor virulencia. Las iglesias de la época romana eran un reflejo de todo ello. Por esta razón, Pablo, uno de los más importantes cristianos y teólogos de la historia, aportó una solución al conflicto. El afirmaba que en Cristo no existe hombre ni mujer, griego ni judío, libre ni esclavo. Todos somos semejantes.
Por una parte, esta vocación por la igualdad no tiene comparación en la época. Si los cristianos fueron perseguidos por Roma, ello se debió básicamente a dos razones; su negativa a adorar al emperador romano y su especial visión acerca de la paridad de todos los seres humanos. Por otra parte, la aparición de un avance semejante en un momento tan tardío de la historia nos dice que la Biblia es un texto que, al menos, busca la justicia en las relaciones humanas. Un texto que merece ser estudiado con atención.
Con todo, esta meta no podrá ser alcanzada si no avanzamos hacia un elemento unitario: el propio Jesús. Seas o no creyente, la aceptación de esta doctrina cristiana, que surge en un momento en que los hombres eran separados por sexos, castas o razas, no puede sino ser positiva en tu vida. Y es que nos ayuda a eliminar prejuicios para adoptar una visión mucho más sincera y amplia de la situación que vivimos en la actualidad.
Lo lamentable de todo este asunto, es que hay veces que se me cuela un nazi en el salón de casa. Es un nazi pequeño que vive en el interior de todos nosotros al que le gusta hablar sin criterio ni formación. Me entristece darme cuenta de que ese nazi soy yo mismo.
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